Apuntes para pensar la ecología y la defensa del territorio

Daniela González Castillo

«So, why be concerned about ecology? Because the violation of the Earth is a vital aspect of the counterrevolution. The genocidal war against people is also “ecocide” in so far as it attacks the sources and resources of life itself»

Herbert Marcurse, Ecology and revolution.
The new left and the 1960’s, p. 173

Es casi obligatorio reflexionar entorno a los movimientos ecológicos y la defensa del territorio en el marco de la crisis sanitaria que hemos vivido en los últimos meses. Por esta razón, este breve escrito tiene como objetivo pensar estas luchas o movimientos a partir del corpus de Herbert Marcuse, ya que este autor nos ofrece una postura incisiva y crítica frente al despliegue inmesurado de las múltiples formas de dominación capitalista, entre ellas esta el ecocidio. Con esto en cuenta, las reflexiones que planteo parten de una preocupación principal: México como blanco de implantación de megaproyectos y como semillero de movimientos ecológicos y de territorio.

Marcuse a través de sus análisis nos coloca, una y otra vez, frente a una situación provocadora para a darnos cuenta de la serie de atrocidades que el hombre es capaz de generar en la fase más avanzada del capitalismo, donde la versión más cientificista y mercantil de la naturaleza es posicionada como la única o unidimensional. Esto sin importar los costes de vida humana, vegetal y animal, pues el filósofo nos apunta que el capitalismo se funda bajo el dominio de la naturaleza, en pocas palabras en el ecocidio. A pesar de plantear este panorama tan desolador, Marcuse plantea un programa revolucionario permanente, para intentar soslayar la escisión naturaleza-hombre. De esta manera, sitúa a los movimientos ecológicos y a sus actores sociales como agentes revolucionarios que pueden responder a efectivamente al sistema capitalista.

De esta manera, pienso como necesario aterrizar y actualizar las reflexiones que nos provocan los textos del filósofo alemán, pues bien sabemos que el el impacto antropogénico genera una proliferación de riesgos ambientales, pérdida de ecosistemas y especies. En las últimas décadas en México hemos sido testigo de catástrofes ambientales -ecocidio- causadas por la instauración de hidroeléctricas, termoeléctricas, parques eólicos, oleoductos, la ampliación de los espacios agroindustriales o turísticos, la extracción desmesurada de minerales y la exploración para la generación de corredores industriales.

La situación de México no solo se agrava con las concesiones mineras, sino que la tendencia agroindustrial de monocultivos desencadena la pérdida de diversidad genética en plantas con fines alimenticios. En muchas ocasiones estos cultivos afectan a gran escala las especies endémicas de la biodiversidad y abundancia mexicana. En este sentido, vemos otro despliegue de lo unidimensional que refiere Marcuse, pues estamos presenciando una propensión de una homogeneidad en la agricultura ¿podemos hablar de agricultura unidimensional?

Afortunadamente, todos estos proyectos y formas de producción han contado con su lado antagónico que lucha por la defensa del territorio y conservación ecológica y, paralelamente, por la ecología. Algunos de estos son: el surgimiento del movimiento neozapatista en el sur de México, la lucha de los pueblos nahuas en Zacualpan, los rarámuris defensores de la Sierra Tarahumara en la comunidad de Coloradas de la Virgen en Chihuahua, el consejo Tiyat Tlali, asociaciones civiles como Tetela hacia el futuro, el Congreso Nacional Indígena (CNI).

Con Marcuse en mente, podríamos decir que estos movimientos contrarrevolucionarios son, por sí mismos, un aporte significativo para enfrentar la dominación capitalista, porque los movimientos ecológicos son también luchas sociales y culturales que se encaminan a una protección de los derechos humanos, civiles y naturales. Donde la lucha territorial se posiciona como una agencia que trata de remediar maltrato de la naturaleza; pero, sobre todo tiene como primera instancia la liberación de mujeres y hombres.

Finalmente, me gusta pensar en la posibilidad de que, al menos a pequeña escala, estos grupos de resistencia nos invitan a plantearnos una nueva mirada a la naturaleza que nos permita por lo menos imaginar otras formas de vida. En la versión nahua diríamos tonahuac cemanahuac (todos juntos en el universo) hombres, mujeres, plantas, animales, montañas, nubes, ríos, y todo aquello que tuviera corazón.

Tomado de la Jornada de Oriente.

Daniela González-Castillo
Es Bióloga por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y futura maestra en Estética y Arte por la Facultad de Filosofía de la BUAP.
Actualmente es Profesora de la Academia de Biotecnología de la Universidad Politécnica Metropolitanade Puebla

daniela.gonzález@metropoli.edu.mx

Deja una respuesta